Los Derechos Humanos en el Putumayo – Ensayos de nuestros docentes.

VIDAS PERDIDAS

El “mono” había llegado a la finca pidiendo trabajo, con la necesidad dibujada en el rostro, les había dicho que a veces se desmayaba, ellos descubrieron la causa: Lo estaba matando el hambre. Demostró ser una persona tranquila y de buen trato. Los domingos salían todos al pueblo y mientras la hija del dueño de la finca se iba a trabajar como peluquera, el se iba a mirar jugar billar, pero no tomaba licor.

Un domingo como de costumbre, había ido al billar y al rato regresó a la peluquería un tanto preocupado, porque la “ley del monte”, había salido también ese día al pueblo y le habían pedido “papeles de identificación”, pero como él no tenía, le habían dado un plazo de dos horas para que se marche del pueblo. La peluquera le había dicho que se quedará sentado allí y no saliera, que le ayudara a prender la planta eléctrica para atender a unos clientes que estaban esperando su turno. El hizo lo que le pidieron, luego se sentó un rato y finalmente dejando de lado la prudencia había regresado al billar. Al rato ella escuchó unos tiros, pero como eso era casi cosa de rutina, ella no le puso mucha atención. Hasta que alguien había corrido a decirle: “Van a matar a tu mamá”. Entonces ella había salido apresurada para encontrar a su madre temblando de miedo y con la noticia: “Mataron al mono.”

Dicen que los testigos que estaban en el billar, vieron cuando el “mono”, de manera temeraria había decidido regresar al billar y ante el requerimiento del porqué no había obedecido las ordenes de marcharse, él simplemente había contestado de manera tranquila: “Yo no debo nada, si me van a matar, mátenme”. Entonces sin que nadie, pudiera hacer nada, salvó el llanto y ruegos inútiles de la mamá de la peluquera, por tratar de salvarlo, el “mono” mostrando la resignación de un mártir había caminado con ellos hacia las afueras del pueblo. Las súplicas de la señora se habían cortado con un contundente ultimátum de que si seguía molestando se la llevarían a ella también.

Esos fueron luego, los tiros que se escucharon en el pueblo. La peluquera que en ese entonces tenía sólo diecisiete años, dice: “Yo no tenía miedo, yo lo fui a reclamar.” Dice que pidió ayuda a unos pocos señores del pueblo. Cuando llegaron donde ellos; les habían recibido con un simple: “Él se hizo matar por pendejo”, ella había reconocido a los mismos clientes que antes había peluqueado, y en su indignación sólo había atinado a decir: “Que no había razón para haberlo matado como un animal.”

Como pudieron, lo recogieron y lo trajeron de vuelta al pueblo, nadie supo dar razón de si el difunto tenía algún familiar, hasta que de la multitud de curiosos había salido un hombre diciendo que él sabía de un familiar cercano, que él se ofrecía a ayudar a traerlo, entonces de manera solidaria, se organizó una colecta, para el funeral; el voluntario recogió el dinero de los lugareños, se marchó en su misión y nunca más se lo volvió a ver en el pueblo.

Por tanto, les quedaba el dilema de como disponer del muerto. Algunos propusieron simplemente meterlo en unas bolsas y enterrarlo, pero unas almas más caritativas se ofrecieron a construirle una sencilla ataúd con tablas rusticas y como no tenían la certeza de quien era él, alguien no permitió que le pusieran el nombre con que él se hacía llamar. En el lugar de su sepultura se clavó una cruz con las iniciales N.N. A él se le quitaron todos los derechos humanos, incluso el de llevar su nombre a la tumba.

John Montilla. (Autor)